Hacia una mayor cultura financiera

Guillermo Ituarte Marumoto

Últimamente me he sentido algo inquieto. He trabajado por algunos años con empresas privadas, en los ámbitos administrativo y financiero. He podido desarrollar complejos análisis para medir la salud financiera de una empresa; y he tenido la oportunidad de generar eficiencias en algunos aspectos de su tesorería. La empresa, como ente productivo, debe cuidarse, ya que genera bienes y servicios que se venden en los distintos mercados; además de que representa una cantidad importante de empleos, mismos que son el sustento para un igual número de familias. Sin embargo, es común olvidar que la persona que trabaja para esa empresa, es un ser productivo, cuyas finanzas deben cuidarse de la misma forma.

En un negocio, se determina una misión y visión, se generan presupuestos y se realizan análisis periódicos, para comprobar que se está avanzando por el camino correcto (al menos este es el deber ser). Cuando hay que hacer cambios, se determinan las posibles áreas de oportunidad y se corrige el rumbo. Para ello se contrata a diversos especialistas, quienes realizan diagnósticos, recomendaciones y proyectos, con el objetivo de cuidar e incrementar la rentabilidad de la empresa. Cabe cuestionarse entonces, ¿por qué no hacemos lo mismo con nuestra economía familiar?

 

Si uno pone atención a las personas en la calle, no será extraño escuchar un sinnúmero de quejas sobre la situación económica. Que si no hay trabajo, que si es difícil cobrar a los clientes, que el dinero ya no alcanza igual que antes. No obstante los fundamentales de la economía son relativamente sólidos. México es un país con finanzas sanas y en franco crecimiento, en comparación incluso, con algunas economías de mayor avance. Por lo que puede concluirse que la gente, en realidad, se queja de su propia situación económica.

Es cierto que el desarrollo macroeconómico no corresponde, necesariamente, al bienestar de las familias mexicanas. Sin embargo, es igual de cierto, que la mayoría de los hogares carece de una adecuada cultura financiera. Y no me refiero al grado de estudios o al tamaño de la cuenta bancaria. Los temas de ahorro, crédito e inversión en el hogar, son ajenos, incluso para los más duchos en temas financieros.

De ahí se deriva que no exista un presupuesto familiar y, por lo tanto, que no se dé un puntual seguimiento al uso del dinero en el hogar. Si no se tiene un presupuesto, es normal que tampoco se tracen metas para el corto, mediano y largo plazo. Es más, sin importar el monto de los ingresos, muchas familias viven al día, por lo que cualquier meta que se determine, no podrá cumplirse.

Lo más interesante del caso, es que poca importancia se le da a las finanzas personales. Es cierto que los ejecutivos bancarios pueden brindar asesoría en instrumentos de captación y colocación, pero la misma se enfoca principalmente a la venta de los productos de la institución en particular. Algunas entidades de gobierno cuentan con páginas web que pretenden orientar a las familias, en la correcta conducción de sus finanzas. Sin embargo a estos instrumentos se les da poca o nula difusión. Y ni hablar de las instituciones educativas.

Las finanzas personales no son materia de física cuántica. Sin embargo no se les da el debido valor en los hogares. Las mismas requieren de visión, disciplina, comunicación y preparación. La materia también implica sacrificios, especialmente cuando nos encontramos ante el dilema de consumir ahora o posponerlo para después. Si cuidamos el dinero de nuestros lugares de trabajo, por qué no hacer lo mismo en casa. Al final, estamos hablando de nuestro patrimonio.

 

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